1. Establecer reglas
Es importante que el número de reglas sea manejable, es decir, que no se impongan en cantidades desmesuradas o que un niño no sea capaz de controlar. En este caso, 5 reglas son suficientes para que los más pequeños puedan darle un seguimiento adecuado.
Idealmente, este tipo de normas deben ser estructuradas pensando en positivo. En lugar de prohibiciones, se deben elegir palabras o frases que fomenten una acción concreta. Por ejemplo: elegir un lugar específico para comer o para colocar los juguetes, en lugar de impedir que lo hagan otros sitios.
Por otro lado, es importante que todas las personas involucradas con la crianza de los niños (tíos, abuelos, etc.), tengan conocimiento de las reglas y las cumplan, además de darles continuidad.
Estos son procesos de formación constante y continua y la repetición es esencial para llegar a la obediencia. Como recomendación, los padres de familia pueden tener por escrito las normas y repasarlas todos los días, acompañándolas con ejemplos para que exista una mayor comprensión por parte de sus hijos.
2. Tener estructuras y rutinas en casa
Es imposible educar sin estructura. Dentro de esta estructura es donde se fijan los horarios para realizar ciertas actividades o tareas y los lugares o espacios para desarrollarlas: tener horarios de estudio, de descanso, entretenimiento, entre otros.
Esta información también debe ser repasada constantemente con el fin de que los hijos la interioricen. Es imperativo recordar que la crianza no sucede de un día para otro, y el reto de los adultos consiste en tener la capacidad de repetir y reafirmar con calma, cariño, constancia y compromiso.