Hemos escuchado hablar mucho sobre el bullying (acoso escolar) y no hay duda de que es un problema endémico que aqueja nuestra sociedad. Sin embargo los niños y adolescentes –si eso aprenden en sus hogares– son empáticos, amorosos, leales. ¿Podría explicarnos cómo se enseñan y desarrollan estos valores y hábitos de comportamiento desde la temprana edad?
EK: La empatía, el amor y la lealtad son afectos clave para la convivencia. Pero no aparecen por arte de magia; se construyen primero en familia e idealmente se afinan en la escuela y el colegio. La base de esta construcción es el buen trato. Si desde pequeño me respetan, me tratan bien, me preguntan, me dan un lugar para compartir lo que tengo que decir, me sentiré en terreno seguro, tranquilo y en buen ánimo para aportar, podré desarrollarme y sentiré que soy parte de algo más grande.
El buen trato es la base para sentir empatía. Implica escuchar lo que los otros tienen para decir, conocer sus gustos, sus angustias y reconocer las diferencias e, incluso, los éxitos de quienes nos rodean. La empatía es la capacidad de comprender lo que le pasa al otro para apoyarle y acompañarle. Para nuestras niñas, niños y adolescentes es fundamental ser tratados con cariño y respeto siempre, incluso en los momentos en que se equivocan, porque ¿quién no se jala tortas?
¿Cuáles dinámicas o juegos recomendaría dentro del núcleo familiar para que los chicos sean inclusivos y leales en las aulas?
EK: Los juegos de trabajo en equipo son excelentes. Por ejemplo: charadas, armar rompecabezas juntos, leer un libro en voz alta un ratito todas las noches hasta terminarlo. Así como se agendan reuniones en los calendarios, es importante agendar juego, que es equivalente a agendar risas compartidas, espacios de socialización y convivencia y refrescamiento intelectual.
El juego mejora la productividad, la convivencia, la salud mental y física. Pero sobre todo nos saca de lo cotidiano: de lo que nos preocupa, de lo que nos duele, de los temores, de la ansiedad. Y tras esa pausa de la realidad –al regresar a cotidiano– nos permite ver las cosas con otros ojos, con otra energía para encontrar mejores formas de tratarnos y lidiar con distintas situaciones.
¿Cuáles cree usted que debería ser el rol de los profesores desde el ángulo psicosocial para educar a niños y adolescentes a ser más compasivos y racionales?
EK: El rol del docente debería ser de facilitador académico a través del trabajo socioemocional. La educadora norteamericana Rita Pearson propone que el aprendizaje más significativo sólo ocurre cuando se dan dentro de una relación significativa. En la educación se trata de relaciones humanas, de conexión entre las personas: “nadie aprende de una persona que no nos quiere”.
La educación debería estar basada en la confianza de los educadores con respecto a la capacidad de aprendizaje de sus estudiantes, en el fortalecimiento de la capacidad de los alumnos para conocerse a sí mismos y definir sus proyectos de vida, y en la aptitud para construir una narrativa sobre aquello que están viviendo.